Así será el siglo XXV

Así será el siglo XXV

En Occidente vivimos un tiempo que en muchos sentidos ya es clásico, es decir, ha superado la mera modernidad, porque «no se puede ser más moderno». Pero al mismo tiempo, en otras partes del mundo, el dinero procedente del petróleo ha promocionado culturas que el mundo occidental consideraba «atrasadas» e incapaces de convertirse en una amenaza, no para su seguridad en sí sino para la consolidación de sus valores políticos, sociales y religiosos. Pero al menos por el momento no es así.
Haciendo un ejercicio de raciocinio con una necesaria pincelada de imaginación podemos situarnos en el siglo XXV y ver en qué acabará este enfrentamiento. He situado esta prospectiva dentro de cuatro siglos porque las culturas y las mentalidades de los pueblos no evolucionan de la noche a la mañana, sino que necesitarán siglos para adoptar el modelo político, social y religioso «más conveniente» y «razonable».
En el siglo XXV ya no habrá contenciosos de ningún tipo aquí en la Tierra, porque estaremos totalmente entregados a descubrir los misterios del universo. Para entonces sabremos con toda «probabilidad» los atributos de este universo, pero no todas sus características. En otras palabras, tendremos una «idea razonable de su forma de ser». Ello habrá sido posible gracias a una comunión y entendimiento entre filosofía, ciencia y teología. La filosofía avanzará las probabilidades, la ciencia las probará hasta lo probable y la teología dejará de ser dogmática y considerará a Dios tan solo un «contexto», que puede interpretarse de diversas formas, según la ciencia o la filosofía.
Paradójicamente la economía ya no nos dará más males de cabeza porque estará totalmente tecnificada y planificada, consecuencia de la aplicación global de los medios digitales a los sistemas de producción y distribución. Habrá empresas privadas y multinacionales, pero estarán supervisadas por organismos públicos internacionales para que sus gestión no provoque desequilibrios económicos, evitar la especulación y el uso insostenible de recursos naturales, que serán cada vez más escasos. Es decir, se tratará de una economía globalizada y mixta, «capitalista-comunista», absolutamente razonable y necesaria.
Por esta razón, pese a que habrá estados nacionales, todos dependerán en última estancia de un «organismo internacional» que en la práctica se convertirá en un «supra-estado», pero lo más adecuado es calificarlo de «Sistema universal», porque en la práctica los estados se convertirán en sistemas político-social-religiosos. Los principios básicos ya se adoptaron en el siglo XVIII, tras la Revolución francesa, y los prácticos los estamos creando aquí mismo, en la Unión Europea.
La ciencia práctica dominará sobre las actividades culturales especulativas, como la filosofía, el arte y la religión, porque la misma economía será un elemento más de la ciencia, pues su función será generar beneficios de forma sostenible y equilibrada. Parte del producto económico del siglo XXV provendrá del espacio, con recursos que irán desde la obtención de fuentes de energía hasta el turismo espacial. Por esta razón en la Tierra ya no habrá «zonas de valor estratégico», que se habrán desplazado al espacio.
Habrá naciones que tengan una renta per cápita mayor que otras, pero las de menos renta habrán superado no obstante el nivel de «pobreza» y vivirán dignamente. Seguirá siendo un mundo lleno de peligros, porque para lograr el nivel de progreso alcanzado habrá sido necesario «alterar muchos aspectos de la naturaleza», especialmente en el campo de la biotecnología y la medicina. Buena parte de los alimentos estarán genéticamente manipulados y las enfermedades prácticamente se habrán superado a costa de manipular la estructura genética a partir del mismo feto, pero no el envejecimiento. La media de vida para entonces podrá estar en torno a los 120 años en los países más avanzados y 100 en los menos.
La religión será una opción personal, pero de ninguna manera estará vinculada a la política, porque entre otras cosas para entonces ya nos habremos hecho una «idea razonable a lo que llamar Dios», que sin duda tendrá también una explicación científica. Para entonces tendremos una certeza absoluta de lo que nos esperará después de la muerte, por lo que la religión habrá perdido buena parte de su función social. La moral social, derivada del concepto de «Fraternidad» de la propia Revolución francesa, será el fundamento ético de la convivencia entre naciones.
Puede que esta reflexión no sea acertada, pero si lo fuera me pregunto porque, si es inevitable que terminemos adaptando un sistema parecido, serán necesarias todavía muchas guerras locales, atentados fanáticos, genocidios, limpiezas étnicas, invasiones de pueblos y tantos sufrimientos innecesarios. En realidad, Rousseau debió de hacerse esta misma pregunta cuando prácticamente se empezaba a entrever este futuro. Afortunadamente en buena parte del mundo se ha avanzado mucho en este sentido y no me cabe la menor duda de que la humanidad, si no deja de serlo, no tiene otra alternativa que la expuesta en este breve artículo.

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