¿Es posible viajar en el tiempo?

La idea convencional según la física teórica es que el tiempo es algo ilimitado y relativo, y dado que la energía y la materia son positivas, viajan hacia lo negativo, es decir, hacia adelante, en sentido lineal, y al mismo tiempo hacia los lados, o en sentido espacial.
La velocidad del tiempo es relativa e imprecisa, pero se mide de acuerdo a los ciclos gravitacionales de los astros, con relación a cada constelación, galaxia o sistema solar. En el nuestro se mide de acuerdo a la duración de los ciclos de la rotación de la tierra alrededor del sol y sobre sí misma.
Pero este artículo no pretende teorizar la posibilidad de viajar en el tiempo desde la perspectiva de la física sino desde la filosófica o mejor de la metafísica.
Para ello nos preguntamos ¿qué es el tiempo? la respuesta obvia es: lo que contiene una duración. Pero como si fuéramos niños que nunca estamos satisfechos con la última respuesta, ahora debemos hacernos una nueva pregunta, y ¿qué es la duración?: es el tiempo comprendido entre un “principio y un final”. Pero de nuevo surge la inevitable siguiente pregunta: ¿qué es el principio y el final?: el nacimiento de algo que tiene un “desnacimiento” o muerte (colapso) previsto. Puede decirse que hemos agotado por el momento todas las preguntas y con estas respuesta ya podemos definir el tiempo y sus variables:

  • el tiempo tiene un principio y un final previsto
  • el tiempo está contenido en una duración
  • el presente es un “instante de tiempo en movimiento” dentro de una duración.

Con estas tres primeras respuestas ya sabemos que para viajar en el tiempo sólo debemos encontrar la manera de “penetrar” la duración por el punto que nos interese, ya sea hacía atrás o hacia delante. ¿Es esto posible? ¡Teóricamente es posible, pero prácticamente es imposible!
En primer lugar quienes pretendemos viajar en el tiempo también tenemos una duración, cuyo comportamiento es similar al resto de las cosas que duran: tiene un principio y un final, que se percibe en un “instante en movimiento” al que llamamos presente. Lo inevitable de todo ser es su tránsito hacia delante e irreversible dentro de su duración.
Para viajar en el tiempo lo primero que necesitaríamos es liberarnos de aquello que dura de nosotros mismos, es decir, nuestro ser físico y duradero, para adquirir una “entidad no duradera”. Una vez adquirida esta supuesta entidad, y libres ya del determinismo del presente, podemos viajar tanto por el futuro como por el pasado de nuestra duración, ¡pero siempre dentro de nuestra propia duración!, pues como seres vivos somos una “unidad espacio-temporal”. Una vez “consumida esa duración” se agota nuestro tiempo.
Ahora se trata de saber si es posible ese “desdoblamiento” que en términos teológicos muy bien podríamos llamar “cuerpo-alma”, pero que en realidad se trata de una dualidad “materia-energía”.
Volviendo al esquema anterior y mirándolo desde el contexto físico, la duración es una cantidad de energía que necesita un determinado tiempo para materializarse. Una vez materializa totalmente se agota nuestra energía o nuestro tiempo, es decir, nos “detenemos”. Si me permiten pondré este simple ejemplo: la duración está contenida en la cantidad de gasolina que repostamos en nuestro automóvil con el fin de recorrer un espacio en un tiempo. Una vez consumida la gasolina se consume a su vez el espacio y el tiempo, así como la duración.
Por tanto ¿cómo podemos adentrarnos en una parte del recorrido al que todavía no hemos llegado? o ¿cómo podemos estar al mismo tiempo en una parte del recorrido ya pasada y permanecer en la actual del viaje? ¡Ese es el dilema que se presenta a la hora de intentar viajar, no de acuerdo al tiempo sino “contra el paso del tiempo”.
Si nos desprendemos de la energía colapsa la materia, si nos desprendemos de la materia colapsa la energía. Por tanto estamos condenados a seguir el “curso natural del tiempo” de acuerdo a nuestra duración, que consiste en “transformar energía potencial en substancia actual” (Aristóteles).
Ahora bien, supongamos que adquirimos la habilidad de “desdoblarnos” y mientras nuestro ser físico transcurre con normalidad, de alguna manera nuestro ser “energético”, astral, espiritual, etc., como si fuera un sueño, se introduce en algún punto aleatorio de nuestra duración, en tal caso estaríamos viajando por el tiempo de nuestra propia duración, sólo hacia el futuro y siempre dentro de nuestra “potencialidad” o, una vez más, duración prevista, de manera que podríamos, por ejemplo, asistir a nuestra muerte. ¿Es esto posible?
Como ya he dicho es teóricamente posible y tiene su propia leyenda y argumentación de la historia del mundo esotérico, como es el nirvana, el éxtasis, el trance, etc. Estados en que se supone que se produce ese “teórico” desprendimiento “materia-energía”.
Personalmente no sugiero que se intente esta posibilidad, porque puede resultar extremadamente peligroso, habida cuenta de la relación dialéctica y consustancial entre “cuerpo y alma”, “materia y energía”, lo que hace el viaje por el tiempo teóricamente posible, pero “prácticamente imposible”, es decir, el ser físico quedaría en estado “catatónico” o “técnicamente muerto”, en tanto estuviéramos paseando por el tiempo, lo que podría ser causa de nuestra muerte física o espiritual.

Pero ¿que encontraríamos en nuestro futuro? ¡Nada más que energía! Se trataría de un viaje espectral por nuestra “potencialidad” como energía disponible, pero sin la percepción de nuestro ser físico, cuya realización depende del transcurso del tiempo, cuando la energía se materializa. Durante este proceso, a la “información” contenida en nuestra energía (nuestra predestinación y fuente de la intuición o del instinto) habría que añadir la “accidentalidad” y otras circunstancias que alterarían el devenir previsto de nuestro ser físico. De manera que tan sólo “sabríamos” aspectos muy generales, en el supuesto de poder obrar este prodigio.
Sin embargo, cabe matizar que puesto que todos los seres tienen “duración” todos tienen, así mismo, predestinación, de manera que la interacción entre todos ellos (accidentalidad y circunstancia) puede que también esté “predestinada”.
Si este viaje no nos parece suficientemente interesante podemos recurrir al sabido recurso de la Relatividad y hacernos acelerar a una velocidad próxima a la luz. En tal caso lo único que conseguíamos es “envejecer prematuramente”. Tras la aceleración seríamos más viejos pero no habríamos viajado por el futuro, pues para ello deberíamos acelerar todo nuestro sistema solar. Tal posibilidad sólo sucedería si nos “absorbiera” un “agujero negro”, pero en este supuesto no sabríamos por qué nuevo tiempo y espacio estaríamos viajando.
En esta simple teoría se fundamentan todas las “artes de adivinación”, incluida la astrología, pues estando nuestro futuro en “alguna parte”, sólo es necesario ver la manera de penetrar en él, ya sea por las claves contenidas en nuestra carta astral, el espiritismo u otras formas de percepción extrasensorial.

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