Algunas claves ocultas del Génesis

Las personas «realistas» y mínimamente cultas no podemos aceptar el contenido de los versículos del Génesis al pie de la letra, porque obviamente si nos ceñimos al sentido literal de estos textos, no concuerdan con la pura y simple realidad. ¿Por qué fueron redactados en esos términos?
Es obvio suponer que en el momento en que se redacta los primeros textos de la Biblia, hacia el 700 antes de nuestra era, la «ingenuidad» de las personas era abrumadora y su conocimiento de la realidad «científica» de las cosas que le rodeaban era mínima. Lo mismo podemos decir del sentido moral de sus precarias existencias.
Naturalmente que ya debían tener una somera idea de la «evolución», pues estamos hablando de la era de la agricultura y del pastoreo, y por poca imaginación que tuvieran nuestros antepasados es evidente que debían saber la relación existente entre los gestantes y su resultado, de manera que sabrían ya «cruzar razas y especies» para obtener animales y plantas más productivas y mejor adaptadas a su medio ambiente y sus necesidades de supervivencia.
Pero esa somera idea no podía ser extensiva a «todos los animales ni a todas las plantas», y mucho menos a concebir ni una somera idea sobre el origen de todas las cosas. De manera que había bastante margen para la «imaginación» de los redactores de la Biblia.
El Génesis, por otro lado, tiene una clara intencionalidad política, algo que ha sido una constante en la gobernación de todos los pueblos hasta nuestros días. Quienes lo redactaron sabían que la buena gobernabilidad de un pueblo radica en su «ignorancia», que se convierte en sumisión y obediencia.
Siempre ha sido propio de gobernantes absolutistas el mantener al pueblo en la ignorancia para según ellos garantizar la paz y el orden. Jehová, obviamente, representa al Rey en las primeras formas de «poder feudal», cuando se escribe esta parte de la Biblia, y Adán y sus descendencia al pueblo sumiso y obediente gracias a su ignorancia. Esta es una práctica habitual incluso en nuestros días. Los sacerdotes que redactan las Sagradas escrituras forman parte de la primera oligarquía formada por la monarquía y el clero, de manera que quede claro que es «voluntad divina el que no distingamos entre el bien y el mal» ni conozcamos ni el nombre ni la sustancia real de las cosas.
No obstante, y a pesar de su redacción simbólica, el Génesis tiene «fundamento histórico», lo que prueba la aparente contradicción de la «doble creación del hombre y de la mujer»

«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Génesis 1:27). Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Génesis 1:28)…. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo(Génesis 2:2)»

Terminada la creación, incluidos un primer hombre y una primera mujer (que no surge de una costilla del hombre), situados dentro de una aparente «naturaleza salvaje», y capaces de dominar el resto de los seres creados, decide permitir la «agricultura», pero no ve al hombre creado capaz de comprender su técnica y servirse de ella:

«Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día que Jehová Dios hizo la tierra y los cielos (Génesis 2:4), y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese; porque Jehová Dios aun no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra (Génesis 2:5)»

Pese a esa contradicción de última hora de «negar la existencia de lo creado», es evidente que el Génesis distingue entre dos «especies de hombres», el integrado plenamente en la naturaleza salvaje y el emancipado o capaz de labrar la Tierra. Es una contradicción aparente que Jehová estuviera pensado en crear un «labrador» en un lugar donde no era necesario trabajar, pero además labrar la tierra es una forma «científica» de producir, que ya no depende del determinismo propio de la naturaleza salvaje. Por tanto Jehová crea un modelo de producción de alimentos para el que previamente el hombre y la mujer deben «morder la manzana del árbol de la ciencia» o de otro modo serían incapaces de practicar la agricultura, sea como medio de supervivencia o por curiosidad; es decir, tenían que «aprender un oficio» para sobrevivir. Y por esta razón se produce la «doble creación del hombre». En otras palabras, Jehová crea un nuevo modelo de supervivencia que exige la creación de un nuevo hombre, quien inevitablemente tendrá que morder la manzana del árbol prohibido:

«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente (Génesis 2:7)»

Obviamente el Génesis está introduciendo la cultura agrícola del Neolítico, tras el largo periodo del hombre del Paleolítico o pre agrícola. Una vez que introduce la agricultura debe crear el «huerto», es decir, el Jardín del Edén, y con él, al «hortelano»:

«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado (Génesis 2:8)»

Es allí donde vuelve a crear otra «nueva mujer», pero esta vez la técnica es distinta, pues la sociedad agrícola debe ser patriarcal y la mujer debe tener su origen en una posición en clara dependencia del hombre. Tal vez por esa misma razón se reveló contra el mismo Jehová mordiendo ella la manzana.

«Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre (Génesis 2:22)»
La obra de la Creación está «doblemente consumada», pues contiene «dos hombres», el primitivo y salvaje de los orígenes y el nuevo que habita en el Jardín del Edén. Es entonces cuando Jehová impone sus restricciones y advierte a su segunda creación de las consecuencias de adquirir más conocimientos de los precisos para habitar en el Paraíso que les ha creado, y es también cuando les advierte que ese conocimiento puede llevarles a la «muerte»

«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 2:9) … mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de el comieres, ciertamente morirás (Génesis 2:17)»

Se supone, por tanto, que el conocimiento y la moral llevan a la muerte, mientras que el desconocimiento y la amoralidad mantienen la vida «eternamente». Pero la confusión de este versículo es evidente, pues ¿a qué muerte se refiere? Es evidente que las plantas y los frutos que les sirven de alimento deben «morir» para ser ingeridas, es decir, la muerte ya es un hecho. Además de que la misma necesidad de alimentarse prueba que Adán y Eva ya tienen un «metabolismo propio de un ser mortal». Por tanto este versículo debe referirse a una forma de muerte que va más allá de la circunstancial y cíclica propia de la naturaleza. La amenaza parece referirse a una muerte más general y apocalíptica, tal como la propia Biblia introduce en libros posteriores. Debe referirse a la muerte de la propia especie humana. Idea que es rechazada por la serpiente:

«Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; (Génesis 3:4) sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.» (Génesis 3:5)»

La serpiente reta a Jehová y sugiere que pretende guardarse para sí sus extraordinarios poderes, que el hombre pude adquirir para sí mismo y permanecer inmortal, no como persona, sino como especie; y no la «primitiva» sino la nueva o «propiamente humana». Es decir, que tanto la ciencia como la moral, que deben ser los poderes mismos de Dios, pueden ser asumidos por los humanos y permanecer como especie sin correr el riesgo de su extinción.
Esta primera lectura e interpretación parece obvia y sencilla, pero hay un nuevo versículo, que no sólo no se menciona con tanta frecuencia sino que yo mismo he dado con él al releer por enésima vez estos primeros pasajes de la Biblia, y que se presta a una interpretación «literal» de su contenido. Dice así:

«Echo, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del “árbol de la vida”» (Génesis 3:24)»

Por tanto en el Jardín del Edén había dos árboles fundamentales que podemos simplificar diciendo que uno es el «árbol de la vida y el otro el de la muerte». Parece ser que teniendo acceso a ambos árboles se cumplirían las expectativas de la serpiente, evitando así la muerte de la especie humana. El primer árbol produce el conocimiento inicial de las cosas, el segundo el descubrimiento de las claves de la vida para poderla «regenerar» si fuera necesario.
Pero Jehová, una vez que nos expulsa del Paraíso y nos condena a morir como especie humana, pone guardianes en su Jardín para evitar que podamos comer de ese otro árbol y librarnos de la fatal profecía. Este es, naturalmente, el origen del «pecado original», cuya redención cada religión interpreta a su manera, pero que parece ser una cuestión puramente «científica» el redimirlo.
Si pensamos someramente en los «logros científicos» y en todos los sentidos que ha originado la adquisición del conocimiento y moralidad del que nos previno el mismo Jehová, vemos tantas luces como sombras, es decir, tantas posibilidad de dar con el «árbol de la vida» como de destruir la vida y con ello la misma especie humana «expulsada del Jardín del Edén». La opción está contenida en la profecía de la serpiente, y sigue siendo un «desafío a la divinidad»:
La pregunta final, que encierra la clave contenida en este último versículo, es obvia: ¿Cuál de las dos profecías se cumplirá finalmente: la de la serpiente o la de Jehová? ¡Es el sentido moral del lector el que tiene la respuesta, pero obviamente también tiene relación con su sentido ecológico de la existencia!

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