La política: el arte de mantenerse en el poder

No estoy de acuerdo con Aristóteles de que el hombre es un animal político por naturaleza, pero si en que toda actividad humana tiende a un “telos” o finalidad concreta, y el del político es el poder, al margen de la ideología que le sirva para ejercerlo. Si difiero de Aristóteles es porque distingo al menos tres “finalidades” básicas: el poder sobre las cosas físicas (política), el poder sobre la mente (filosofía) y el poder sobre el espíritu (religión). Por tanto podíamos decir que el hombre es un “animal político, filosófico y religioso por naturaleza”.

El político intenta, a través de la acción legislativa, influenciar directamente sobre la vida de las personas; el filósofo, artista o intelectual, a través de sus ideas u obras intenta influenciar sobre la mente de las personas; por último, el religioso, a través de sus doctrinas, intenta influenciar la moral de las personas. Por tanto, sólo una de estas tres opciones es verdaderamente política, las otras lo son tan sólo indirectamente.

Un político no es malo porque defienda una “mala ideología”, sino porque sea incapaz de mantenerse en el poder. Hitler fue, en sus primeros años, un “excelente político”, cuya ideología provocó la II Guerra mundial y su propio fracaso como político. Stalin fue sin duda un gran político, pues retuvo el poder hasta su muerte. Lo mismo podemos decir de Franco, quien paradójicamente presumía de estar al margen de la política.

El político encuentra en la ideología que defiende la excusa para su propia realización personal, o la consecución del poder, pero está obligado a ofrecer resultados de acuerdo a la ideología que profesa. Un político de izquierdas tan sólo se diferencia de otro de derechas en los resultados concretos de su acción legislativa, pero ambos persiguen el mismo fin personal: mantenerse en el poder todo el tiempo que sea posible, puesto que el ejercicio del poder es la única razón de ser del político.

De la misma manera que el intelectual o el artista para mantener su influencia sobre las mentes de las personas necesita exponer ideas u obras “interesantes”, el político para mantenerse en el poder necesita promover leyes “aceptables” para la mayoría.

Tanto las ideas como las leyes no son el fin en sí mismo de ambos, sino la herramienta necesaria para su realización personal. Si las ideas interesan y las leyes se aprueban, tanto el uno como el otro se realizan, al margen de que “sean buenas ideas o buenas leyes”.

Barak Obama no fue un buen político porque fuera Demócrata, sino por haber ganado las elecciones, y a partir de entonces su mayor preocupación no era los Estados Unidos de América, sino llevar a cabo una serie de iniciativas legislativas que le mantuvieran en el poder tanto cuanto sea posible. George Bush hizo exactamente lo mismo, por eso en realidad fue “un buen político” con una mala gestión legislativa, porque fue capaz de mantenerse por dos legislaturas consecutivas en el poder. Bladimir Putin es un excelente político y con toda seguridad volverá al poder en Rusia, pues dada su enorme capacidad para retener el poder su cargo natural está a la cabeza del Estado.

Con todo esto no quiero decir ni mucho menos que la clase política sea necesariamente negativa, sino todo lo contrario, resulta absolutamente necesaria, pues alguien tiene que legislar, al igual que alguien tiene que idear o predicar. Pero no podemos pretender que los políticos en sí mismo sean diferentes unos de otros, tan sólo procurar que con nuestro voto los elijamos de una o de otra ideología.

De la misma manera, con la compra de nuestros libros, lecturas de blogs o artículos de periódicos, promocionamos a unos intelectuales o artistas de otros. Pero todos los intelectuales y artistas, incluyéndome yo mismo, perseguimos el mismo fin: realizarnos personalmente a través de la influencia de nuestras ideas u obras, lo secundario es aquello que decimos o pensamos.

Esto es tirar piedras a mi tejado, pero sin duda de que es así, razón por la cual, en un mundo cada vez más libre y con más personalidad, se recela tanto de políticos, de intelectuales como de religiosos, y cada cual desarrolla su propio poder personal, sus ideas y su moral.

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