¿Puede un escritor español escribir en Alemania?

Si resido en Berlín es porque me siento cómodo y rodeado de todo aquello que me gusta y con lo que disfruto. Además comparto sus valores sociales, su carácter disciplinado y responsable, su respeto, buena educación y tolerancia; en fin, que en muchas ocasiones me siento un berlinés más, como si hubiera nacido en esta ciudad… pero otras tengo la impresión de enfrentarme a algo superior a mis fuerzas; una barrera que me siento impotente de superar: ¡el idioma alemán!

En los años 70 estuve en Berlín y recuerdo que llegué a dominar el alemán con bastante fluidez.

Por entonces todavía no estaba convencido de mi vocación de escritor y filósofo y utilizaba la lengua como un simple medio de comunicación. Ahora que ya me siento escritor y filósofo, la lengua es mi herramienta de trabajo y sólo aprendo aquello que “siento y comprendo plenamente”, y aquí está el problema, ¡que no entiendo la lógica de la síntesis del idioma alemán!

Antes de instalarme en esta entrañable ciudad residí varios años en otras ciudades europeas y americanas. En París no tardé ni un año en ser capaz de expresarme y pensar en francés, hasta el extremo de comprender perfectamente la complicada idiosincrasia del pueblo francés a través de las características propias y peculiares de su lengua.

Incluso durante mi estancia en Cataluña creo que llegué a aprender bastante bien su lengua, hasta el extremo de que mi identificación con esta comunidad fue tal que acepté que se me cambiara mi nombre castellano de “Jaime” por “Jaume” y me pareció de lo más natural.

Durante mis cuatro años en Nueva York, no sólo dominé este idioma sino que ya era capaz de distinguir por el acento y los modismos locales las personas de los diferentes estados.

En Londres me sentí uno más, e incluso me atrevía a censurar a muchos ingleses, sobre todo escoceses, por el mal uso que hacían de su lengua… pero en Berlín sigo enfrentado a la barrera del alemán. ¿Por qué? ¡No entiendo la lógica de la estructura de este idioma, y por más que me esfuerzo no soy capaz de entenderla!

Mis dificultades son especialmente graves para un escritor y, sobre todo, para un filósofo, pues no concibo la lengua como un simple medio de comunicación sino como una herramienta de expresión, o como una serie de vocablos estructurados con sentido “ontológico”, cuyo resultado son ideas razonables, que deben ser razonablemente planteadas. Para una persona nacida dentro de una comunidad de lengua románica enfrentarse a otra lengua no románica, como la alemana, supone una seria dificultad, a menos que la aprenda como lo hacen los niños, por mimetismo sin pararse a otras consideraciones más lógicas.

Esta circunstancia la encontré expresada perfectamente en la introducción de un curso de alemán para españoles:

«Los alemanes han sido capaces de crear un sistema tan complicado que ellos mismos muy a menudo se confunden. La única excusa que se puede dar es que el alemán, como todas las lenguas, se basa en hechos históricos y nadie lo ha inventado, propiamente dicho. Le podemos asegurar que si lo hubiéramos creado nosotros, lo habríamos hecho mejor, más lógico. Pero nadie nos preguntó por nuestra opinión.»

Si ellos mismos tienen esta opinión sobre su propio idioma, ¿cómo no iba yo a percatarme de esta peculiaridad, lo que me dificulta considerablemente su aprendizaje? Con esto no quiero decir ni mucho menos que sea una legua “rara” e “imperfecta”, que no lo es, pero que requiere algo más que simple lógica el aprenderla.

Cuando entro en una librería e intento leer alguna novedad literaria me desespero por no saber cómo interpretar las frases que leo y cuyos vocablos entiendo, porque no acierto a situar el verbo es su correspondiente lugar, ni desglosar debidamente los vocablos con palabras yuxtapuestas, ni justificar la existencia de palabras que me parecen innecesarias, de manera que “me pierdo” en la cuarta o quinta sílaba de la frase. Esto no me sucede ni en francés ni es inglés, por eso termino desesperándome y visitando la sección de libros en inglés.

Pongamos esta frase extraída de un cómic:

«Bei Ihrem vorigen Gastspiel müssen die ja eine Ärger gehabt haben». Literalmente: «Para su previa actuación deben los sí una pelea haber tenido». Que se traduce: “En su anterior actuación debieron de haber tenido una buena pelea”. De manera que al intentar saber qué les había pasado a los músicos previamente tengo que retener en la memoria una serie de circunstancias de la acción a la espera del verbo. No sé qué escritor dijo que tuvo que leerse todo el Fasto de Goethe para saber dónde estaba el verbo.

Esto no es una simple anécdota sino una situación que me angustia, sobre todo en mi condición de escritor residente en Berlín, porque después de doce provechosos años, durante los que he escrito varios libros, cuentos, poemas y decenas de artículos, creo que me ha llegado la hora de empezar a pensar y sentir también en alemán (De ahí mis últimos “Cuentos berlineses”). Lo que me lleva a esta nueva reflexión: ¿Puede un escritor español crear su obra literaria en un ambiente lingüístico distinto del castellano?

No hace mucho estuve con Jorge Semprún, uno de los escritores españoles que podría haberme dado una respuesta, pero relativa, porque el francés, lengua en la que ha escrito la mayoría de su obra, es también una lengua románica. No sé de ningún caso de escritor español que escribiera en alemán, o, simplemente, en Alemania. ¿Debería por tanto regresar a España? ¡Ese es el dilema, cuya respuesta también encierra su complicación!

El hecho de que los españoles hablen español no quiere decir que sean “plenamente conscientes de lo que dicen”. El último “bestseller” literario español, “La catedral del mar”, de Ildefonso Puertoles, es un ejemplo de como una lengua se puede utilizar recurriendo a “tópicos” y “estereotipos” sin preocuparse por “enriquecerla” o “trabajarla” literariamente.

Si tanto catalanes como castellanos consideran que semejante desprecio por las posibilidades creativas de ambas lenguas merece el aplauso, creo que es mejor que me quede donde estoy, porque el hecho de vivir en mi propio entorno lingüístico no quiere decir que pueda mejorar mi propia creatividad.

Pero ya en mi ensayo “El escritor y su obra” tuve oportunidad de comprobar que el pobre uso de la lengua castellana se remonta a los años setenta, precisamente coincidiendo con la transición democrática. Desde Carmen Laforet pocos escritores españoles han tratado nuestro idioma mejor que Ildefonso Puertoles, cuya profesión de abogado denota las raíces profundas de su “estilo literario”. Por desgracia este no es caso aislado ni español, porque aquí también es un “Bestseller”. ¡Es la globalización de la mediocridad literaria!

Por último está el caso que más me afecta. En estos años he descubierto casi con asombro que el castellano es una de las lenguas más adecuadas para la filosofía, mucho más que el alemán, y sin embargo los españoles nunca hemos sido muy dados a considerar la filosofía como un saber necesario y útil para la propia comprensión de uno mismo y del mundo que nos rodea.

Por las estadísticas que tengo de este mismo blog puedo decir que la filosofía en estos momentos sólo interesa en América Latina, y más concretamente en México, pero no en España.

Desde Ortega y Gasset no ha habido pensadores verdaderamente originales en España, tan sólo buenos catedráticos de filosofía. Pero incluso el legado de Gasset no ha sido plenamente comprendido ni mucho menos continuado.

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