El día después de la muerte

Introducción

El título de este libro puede sugerir que está escrito por alguien con un pie ya en el otro mundo, porque, como dice la sabiduría popular: “No nos acordamos de Santa Bárbara hasta que no truena”.

Pero no es así, sino que lo ha escrito alguien a quien la vejez y sus achaques le han enseñado a ser previsor. Siempre llevo dos llaves de mi apartamento, con lo que me he ahorrado ya un par de veces tener que descerrajar la puerta. En el buzón del correo guardado un paraguas, un paquete de pañuelos y unas gafas de lectura, lo que muchas veces me ha evitado subir los seis pisos para coger el paraguas. Cuando cojo el Metro saco el billete de vuelta por si llega el tren justo cuando entro en el andén, etcétera.

Como a todo el mundo, cuando me llegue mi hora, no quiero que la muerte me coja desprevenido, sin haberme hecho una idea de lo que me sucederá el día después. De esta manera podré obrar en consecuencia lo poco o mucho que me reste de vida.

Tarde o temprano todos nos hacemos esta dramática pregunta, con más frecuencia cuando sobrepasamos los 70 años, porque es una edad apropiada para dejar este mundo por sorpresa y sin estar prevenido. ¡No todos llegamos a octogenarios! Por otro lado, no es una edad para disfrutar de los placeres de la vida, sino más bien sufrir sus dolores, por lo que no me entusiasma la idea de ser uno de ellos.

Como es un tema tabú para la ciencia, que solo puede ocuparse de cosas tangibles y que pueda experimentar, el tema ha quedado en manos de la revelación teológica y de las pseudo-ciencias esotéricas. Pero ninguno aporta ideas concluyentes, que sean lógicas y razonables, condición necesaria para los que nos hemos educado bajo el gran manto cartesiano.

He tratado este tema en numerosas ocasiones, como en mis “Relatos celestiales”, en “Hermann en el purgatorio”, más rigurosamente, en mi ensayo “Sobre el Ser, Dios y el Cosmos”, y recientemente, en mi última novela, “La pasión de Alicia”, pero ninguno de estos escritos me han aportado la necesaria certidumbre para hacerme una idea en la que pueda confiar plenamente.

En este nuevo intento me propongo no dejar ningún fleco suelto y concebir una idea de mi posible trascendencia, en la que pueda creer hasta el próximo o lejano día de mi inevitable muerte.

I. SOBRE EL MUNDO

1. El mundo donde vivimos y morimos

Este libro, aunque modesto, es de filosofía, por tanto sus conclusiones se basan en razonamientos lógicos sobre la causa y la razón de ser de las cosas, de acuerdo al significado de sus nombres. Es decir, es fundamental saber qué significado tienen cada uno de los conceptos que utilizo en mi reflexión, y ya en este primer capítulo me encuentro con una voz, “mundo”, que requiere una primera definición, pues aunque se trate de una palabra familiar que utilizamos con frecuencia, es un concepto de una gran complejidad.

Como ya es costumbre en mis ensayos, suelo comenzar un nuevo tema consultando en primer lugar la sabiduría popular, y ésta tiene una frase contundente: “Cada persona es un mundo”. Luego contrasto estos sencillos, pero casi siempre certeros axiomas, consultando otras fuentes, como Wikipedia y otros diccionarios de la red Internet.

En la popular enciclopedia virtual el mundo lo resume como: “significa cuanto concierne al ser humano”, definición consensuada por casi todas las fuentes que he consultado

Por último consulto nuestra Real Academia de la lengua (Para mí desacreditada por la admisión de destructores de la lengua, como Arturo Pérez-Reverte o Javier Marías), que no brilla precisamente por su apoyo a la filosofía, sino que la maltrata o ignora, ofrece, como siempre y para confusión de los que buscan claridad, varios significados. El primero dice simplemente que el mundo es “el conjunto de todo lo existente”, definición que es parcialmente cierta, pero sin matizar la existencia de los mundos particulares que conforman el mundo cósmico o el “todo” que menciona. Ya he dicho que la RAE ignora la filosofía.

Pero no me parece una acertada definición, porque también decimos por ejemplo: “El mundo de las aves”, o “El mundo de la música”. Y ni las aves ni la música son seres humanos. Luego no es una definición suficiente.

Yo tengo una definición más conforme con el contexto de la filosofía: “El mundo es todo lo que tiene la misma entidad”. Así, todo lo que concierne a un mosquito sera “El mundo del mosquito”; al mundo de la música, todo lo que le concierne, etc. De acuerdo a esta definición, hay mundos dentro de otros mundos, como por ejemplo: “El mundo personal del ser humano está dentro del mundo general de la humanidad”. El mundo de la humanidad, a su vez, está dentro del mundo de nuestro planeta Tierra, y ésta, dentro del mundo de los astros; es decir, del universo. Luego el mundo es todo lo cognoscible y observable, pero formado por mundos menores, hasta los desconocidos de los microorganismos.

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