La pasión de Alicia

1. El diagnóstico

Han sido suficientes cinco sencillas palabras para que todo el fantástico universo que he creado con mis novelas y en el que he vivido apartado de este mundo se venga abajo: «Padece usted una enfermedad incurable.» Me lo acaba de comunicar el especialista que trata mi enfermedad. El mensajero espera mi reacción, pero yo soy incapaz de hacerme una idea de lo que acabo de escuchar. Hay un tenso silencio. Parece como si el facultativo temiera continuar describiendo mi situación, pero ha considerado que debía ser claro para que no me hiciera falsas ilusiones, y me ha advertido que no tengo más de seis meses de vida, o, en caso excepcional, y si respondo bien al tratamiento, tal vez un año.

Salgo del hospital renegando por haber permitido que me diagnosticaran la causa de mis molestias. Por supuesto que no acepto el diagnóstico. Después de todo los dolores son todavía soportables. Es una mañana fresca y húmeda, como son las del otoño, pero agradable para pasear. Para demostrar que no es aceptable el diagnóstico, regresaré caminando a mi apartamento. ¿Por qué yo? Sí, conozco mucha gente que padecen enfermedades incurables, pero por alguna inexplicable razón yo me creía inmune. Ahora necesito algún tiempo para hacerme a la idea de mi error. Aún a mi pesar, tengo que aceptar que soy tan humano como los demás, y puedo sufrir sus mismas enfermedades.

Estoy cansado y todavía me falta más de la mitad del trayecto. Entro en un pequeño parque junto a la iglesia del barrio. En uno de sus bancos dormita un mendigo, que al acercarme me mira con una clara expresión de odio, porque debe sentirse humillado por mi apariencia de persona bien situada. Él no puede saber que acababan de condenarme a morir prematuramente, si lo supiera no tendría ningún motivo para envidiarme. Me siento en un banco contiguo, porque mis piernas no pueden dar un paso más. El mendigo parece contrariado y se revuelve en sus harapos, como si esta fuera su casa y yo hubiera entrado sin llamar.

El facultativo me ha creado un estigma. Ya no soy el yo-mismo que apenas una hora antes podía hacer aquello que me apeteciera, sino yo-mismo-y-la-muerte. En adelante cada uno de mis pensamientos o actos deberán contar con ella. Pero no estoy resignado. Los médicos pueden estar equivocados. Tal vez mis informes médicos se hayan traspapelado y sean los de otro paciente. Alguna inexperta secretaria ha podido cometer ese terrible error. La naturaleza no puede abandonarme y la vida no puede ser tan irresponsable conmigo. El destino no puede ir en contra de mi voluntad, porque es mi voluntad la que debe crear mi destino.

Esto no me puede estar pasando a mí. Todavía tengo muchas cosas nuevas que admirar, muchas historias fantásticas que contar, y, por qué no, tal vez alguna persona a quien amar. ¿Es un castigo divino? ¿Me condenan a una muerte prematura por supuestos pecados cometidos, aunque no pueda saber la naturaleza de mi culpa? Un pecador no necesita conocer los detalles de su culpa, le basta con padecer el castigo para saber que ha pecado.

Es perfectamente posible que esta enfermedad estuviera escrita en las estrellas, o puede leerse en la palma de mi mano, sin que por ello deba considerarlo un castigo. Pero lo más razonable es que sea el resultado de mis largas noches de insomnio voluntario, dando vida a personajes que en agradecimiento me llevan a mí a la muerte. Pero no les guardo rencor. Desde el principio acepté que cada obra que merece el elogio es porque en ella hay un poco arrancado de nuestra propia humanidad, y la humanidad debe tener también sus límites.

Tal vez haya sido esa mi culpa: haber creado fantasmas y presumido de ser su dios. Pero sin mí nunca hubieran existido, luego debo de estar en lo cierto: yo soy su dios, y por ello no merezco ser castigado con tanta crueldad. Si esa es la justicia divina, todos los artistas iremos al infierno y la imaginación sería perseguida y severamente castigada.

2. La reacción

La gran impresión y desasosiego que me ha causado el diagnóstico anula totalmente mi sentido del tiempo. No sé cuánto tiempo he permanecido sentado en este banco. Mientras yo pienso en mi desolación en algún remoto lugar del universo, estoy seguro de que alguien, que ya conoce mi destino, debe estar compadeciéndose de mí. Probablemente sea un ángel, el mismo que aparecía en las estampas que nos regalaban cuando éramos unos críos en la clases de religión. Por entonces yo también quería ser un ángel. Quería volar, ver el mundo desde lo alto, emigrar a tierras cálidas, ser libre como los pájaros, y, de acuerdo a aquellas brillantes estampas, solo los ángeles sabían volar. Por eso quería ser un ángel.

Se me erizan los cabellos, porque presiento que ese ángel puede estar ahora sentado en este mismo banco, escuchando mis nostálgicos pensamientos, intentando inútilmente consolarme, porque los ángeles y los humanos, por alguna razón que solo Dios debe saber, somos incompatibles. Pero he vuelto al tiempo real por la turbia y resignada mirada que me dirije de vez en cuando el mendigo, incapaz de comprender qué hace alguien como yo sentado en este banco a estas horas de la mañana, reservado para indigentes. Me gustaría decirle que yo tampoco lo sé, pero para él no tendría ninguna utilidad.

Luce un sol frío, otoñal, pero limpio y brillante. Una fresca y húmeda brisa procedente de un mar cercano humedece mi acalorado rostro. Todavía quedan rastros del relente matutino sobre los coches y en las aceras. Pronto llegará el invierno. Es inevitable que a todos nos llegue algún día el invierno, pero algunos ya no vivirán para contemplar la próxima primavera. El mendigo se ha erguido y me contempla extrañado. Creo que a pesar de su aspecto, debe tener la capacidad de leer los pensamientos. Sí, sabe lo que estoy pensando, porque los que sufrimos tenemos el mismo rictus, la misma languidez en la mirada, la misma curvatura de la espalda, los mismos ojos enrojecidos, y todo eso es fácil de traducir al lenguaje común: Desolación.

Durante unos instantes parece indeciso. Finalmente se decide, y con la forma de caminar de quien tiene los músculos entumecidos, viene a mi banco, pero no se sienta. Permanece de pie, vacilante, indeciso. Por fin se decide, y me pide un cigarrillo, pero lamentablemente yo no fumo. Le ofrezco unas monedas, pero incomprensiblemente las rechaza. Extravía su mirada en un punto indeterminado, parece meditar si entablar conversación o volverse a su mundo. Como si aquel encuentro no hubiera tenido lugar y sin hacer el más mínimo gesto, recorre de nuevo con la misma torpeza esa corta distancia que separa nuestros dos mundos, y de nuevo se envuelve en sus harapos para seguir dormitando. No tiene valor para salir de su pobreza y yo no tengo valor para aceptar la mía. Él ha perdido la confianza en los seres humanos, a los que solo les pide un cigarrillo; yo he perdido la confianza en mí mismo, al que solo pido valor para enfrentarme a mi desgracia.

El mendigo ha vuelto a levantarse y de nuevo viene hacia mí. Me pide con gesto de fingida humildad las monedas que le ofrecí. No tengo ganas de interesarme por su situación, solo tengo algún interés por la mía. No ha transcurrido ni una hora desde que he conocido mi condena y presiento que antes de regresar a mi apartamento habré pasado a la fase de rebeldía, que no es otra cosa que el recurso del pataleo, paso previo a la aceptación y el sometimiento ya sin defensas ni reservas. «He aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu palabra».

El mendigo se impacienta, seguramente piensa que deseo humillarle y noto en su extraviada mirada más odio que en la anterior. Le entrego las monedas y se vuelve a su banco sin darme las gracias. Las cuenta y me dirige una despreciativa y tosca mirada. Sin duda esperaba que hubiera sido más generoso. No soporto más su andrajosa presencia y reemprendo el camino, pero una .parte de mi cuerpo arde como si ya estuviera en el infierno, y me cuesta caminar. ¿Existirá el infierno? ¿Existirá el cielo? ¿Existirá Dios, y sus ángeles y querubines? Me horrorizo al darme cuenta de mi rápida transformación. Por primera vez he dudado de mis arraigadas convicciones seculares. Hasta hace solo un minuto el infierno, el cielo y Dios, eran algo anecdótico; un tema de conversación lleno de incongruencias y fanatismo para crédulos e ignorantes; de ceguera intelectual e irracionalidad. Y de improviso surgen de nuevo estas preguntas teológicas pero con una renovada importancia. También presiento que mi mente se quedará pronto en blanco, negándose a pensar, puesto que no podría dejar de pensar en la muerte y sus intrincados misterios. Tengo que redescubrir la nada, y sumergirme en ella hasta el día de mi anunciada muerte

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