Mi querida libertad

  1. CAPÍTULO I

Teo fue un niño casi normal, pero tanto la madre como la abuela siempre le reprocharon un defecto: que no sabía jugar. Dicho así puede parecer una exageración, pero desde los 4 a los 12 años apenas si estuvo interesado por uno de sus primeros juguetes: un monito afelpado que tocaba los platillos cuando le daban cuerda. Empezaba a tocarlos con precipitación y atolondramiento. Golpeaba los platillitos con rabia mecánica, y saltaba de un lado para otro, sin una dirección precisa, golpeándose con las patas de las sillas, molestando al gato, quien había aprendido a distinguirlo de una posible presa, escurriéndose por debajo de la cama o cayéndose por las escaleras que había en el rellano de entrada al gran salón. Por eso no sabía jugar, porque quien en realidad jugaba era el monito y Teo se dejaba jugar por él. Cuando conteniendo la respiración dejaba sobre el suelo aquel juguete, algo inexplicable le fascinaba de tal manera que se limitaba a seguirlo con la mirada hasta que se le agotaba la cuerda. Es de suponer que la causa podía ser que nunca llegó a comprender la complicada maquinaria que lo impulsaba, y debía creer que aquel monito y la vida debían de tener algo en común.

La responsable de esta anomalía infantil de Teo fue sin duda su tía Virtudes, que le regaló el juguete unas Navidades, cuando apenas había cumplido los cuatro añitos. En realidad se trata de una curiosa paradoja, pues la tía Virtudes había comprado el monito para otra de sus sobrinas, pero eso mismo día se discutió con la hermana, y se vio otra vez en el taxi con el paquetito del juguete si abrir, que personalmente aborrecía, pues sus escrúpulos religiosos le impedían tener un criterio abierto y desprejuiciado contra los monos, fueran o no de juguete.

Lo de prejuicios religiosos es desde luego un eufemismo, tal vez debiéramos llamarlo racismo místico, porque Virtudes no hacía desde luego honor a su nombre.

Rondaba los treinta y su situación financiera era desesperada, sin embargo era lo que se puede entender por rica. Disfrutaba de las rentas de un buen paquete de acciones de «Campsa» y de «Altos Hornos del Vizcaya», a eso había que sumar las rentas de su finca de Extremadura, que aunque mal explotada, hubiera sobrado para alimentar a una docena de familias normales, pero tenia un problema: el juego.

Todo empezó cuando la invitaron a un famoso tablao flamenco de las afueras de Madrid, en dirección a las Rozas, donde parece que llego a actuar hasta Pastora Imperio.

Entre fino y fino y taquito de jamón le propusieron jugarse las consumiciones a cara y cruz. Ganó siete veces seguidas, lo que la animó a considerarse una persona con suerte.

—¡Anda chaval —dijo ya medio borracha después de las siete consumiciones—, busca al lotero que hoy tengo el día!

El chaval era al mismo tiempo el lotero. Sacó un puñado de décimos de la Nacional del bolsillo trasero, algo manoseados por las altas horas de la madrugada. Ella hizo como que veía el número, señaló con el dedo la corbata del lotero y le dijo:

—¡Éste!

El lotero, acostumbrado a que le pidieran la corbata a esas horas de la madrugada, comprendió el sentido y le puso el número en el bolso, convencido de que ella no sería capaz de hacerlo por sí misma.

—¡Está usted en racha, señorita, me acaba de comprar el gordo! —le dijo el chico con su agudo sentido de la mercadotecnia. —¿Por qué no echa usted una partidita de póquer con unos cuantos colegas amigos míos?

—¿Póquer? ¡Ni hablar! Yo de cartas sólo entiendo el tute y la brisca

—¡No me lo creo!

—¡Pues créetelo!

—¡Todo es ponerse, señorita! ¡Además, si es de broma, a peseta la apuesta!

—¡Eso es verdad! ¿Y dónde dices que hay esa partida?

El resto de la historia ya se la pueden imaginar, pero conviene encontrar la relación entre el monito detestable y la visita a la hermana.

Aquella noche perdió treinta duros, todo lo que llevaba encima, descontadas las últimas consumiciones que ya no quiso jugarse, pero aprendió mucha psicología y estrategia, bases del juego. La siguiente noche perdió mil pesetas, la otra cinco mil y cuando pidió la revancha se dio cuenta de que su cuenta en el banco estaba en números rojos. Acudió al banco, convencida de que con solo pronunciar su apellido compuesto tendría crédito al instante.

—No si todos pasamos por malas rachas —respondió el director al tiempo que se limpiaba con un pañuelo de seda los gruesos lentes de aumento—. Y ¿cuánto dice que necesita?

—¡Cincuenta mil!

El director no se inmutó, pero con toda probabilidad que sintió una punzada en el estómago, de ahí que la mayoría de los banqueros padezcan úlceras.

—Así que cincuenta mil…

—Sí; como le digo, esa finca mía necesita tractores y todo eso…

—Yo tengo un amigo que vende maquinaria agrícola… A lo mejor si le comento el caso…

Virtudes sacó su mal talante y perdió la paciencia.

—¡Bueno!, ¿pero me los da o no me los da?

El paciente banquero debió de sufrir una nueva punzada.

—¡Claro, por Dios! Yo sólo pretendía…

—Entonces, ¿paso ya por caja?

—¡Cuando guste, cuando guste! Y su papá, ¿no podría echarnos una firmita? ¡Es una simple formalidad… Ya sabe como somos todos los bancos…!

Consiguió las cincuenta mil y le duraron dos semanas. Cualquier persona sensata hubiera abandonado en ese preciso momento, pero Virtudes no era desde luego sensata.

Con las últimas cinco mil se marcó un farol, pero el contrincante debía de haber sido hijo de algún farolero, porque adivinó el engaño.

—De manera que está usted sin blanca.

—¡Hombre, sin blanca no, tengo la finca y las acciones! —se defendió a la desesperada

—¿A su nombre?

—Casi…

El jugador tenía el rostro algo picado de viruela, moreno, pelo graso y peinado obsesivamente hacia atrás. Vestía un traje oscuro de solapas cruzadas y sólo bebía coñac. Le puso cariñosamente la mano sobre el hombro y le susurró:

—Por mi, la perdono, pero uno tiene su reputación…

Virtudes sintió que la mano presionaba su hombro y lejos de asustarse comprendió rápidamente la idea. Y no le desagradó. Montaron en su FIAT descapotable a eso de las cinco de la madrugada, ya con el despuntar del día, y desde entonces paga sus deudas de juego de esa peculiar manera. Hay que decir que los jugadores llegaron a gustarle casi por regla general, y ella, al mismo tiempo, era un hembra dócil y suculenta. Para describirla habría que empezar por remarcar el impresionante contraste entre su cintura y sus caderas. Si tenía o no esqueleto era un misterio. Vestía a la moda de los cuarenta y se arregló el pelo al estilo Rita Hayworth en «Gilda». Ya era conocida en los ambientes flamencos nocturnos como la Rita del barrio de Salamanca.

¿Por qué visitó a la hermana para pedirle su aval? Este es el final de la historia, lamentable desde luego, pero fundamental para desarrollo de la personalidad de Teo.

Un día entró en la timba un caballerete bien presentado, más moreno de lo que suele poner el sol. Fumaba con boquilla y vestía un traje claro de lino, con un clavel en el ojal.

Virtudes se lo miró varias veces y lo estudió de arriba abajo. «¡No está mal!», se dijo, haciendo planes para la madrugada siguiente.

Perdió como de costumbre; se hizo la ingenua y parpadeó varias veces. Pero el caballerete ni se inmutó. Quería su dinero.

Entonces, confusa y casi la borde la histeria, cometió el error de hacer como que se le caía el bolso y por debajo de la mesa intentó provocarle.

—¡No me venga con esas, señorita, pague y déjese de jueguecitos sucios! —respondió el jugador del clavel en el ojal.

Virtudes estaba aterrada. Alguien le susurró algo al oído para que se hiciera una ida cuanto antes de su delicada situación. El caballerete era el amante de un bailaor de la trupe flamenca, pero se peleaban constantemente. Tal vez ya ni se hablasen.

Lo que le indignaba era que no podía comprender cómo era posible que un hombre, por muy mariquita que fuera, no se sentirá atraído por una mujer de sus encantos.

La hermana le negó el aval, y el monito paso a propiedad de Teo, cuya madre fue más compresiva. La tía Virtudes no tuvo reparos en sincerarse con ella, porque la madre de Teo tampoco era lo que se dice un ejemplo de honestidad.

Volviendo a Teo, no es una exageración decir que su infancia finalizó a los nueve años, el mismo día en que se estropeó el mecanismo del monito afelpado.

Hizo lo habitual: le dio cuerda cuidadosamente, siete vueltas exactas, tal y como lo venía haciendo en los últimos cinco años. Sujetó los platillos con sus dedos y lo puso con su habitual cuidado y expectación sobre un lugar en que no corriera el riesgo de precipitarse por las escaleras, golpearse contra la pared o correr cualquier otro riesgo que pudiera dañarlo. Conviene aclarar que a partir de los siete años ya no era muy frecuente verle jugar con su monito. Tan solo lo hacía funcionar al regreso del colegio y antes de irse a dormir. «Por si se rompe», pensaba obsesivamente cada vez que le daba cuerda. Ese día, el mismo en que su madre había tenido un aborto (que el General culpó a las pastillas para adelgazar que venía tomando asiduamente desde que cumplió los treinta) y no estaba en la casa para consolarle ante alguna inesperada desgracia, debió cometer algún error en las vueltas de cuerda o el mecanismo estaba ya al borde del colapso, porque, una vez liberado, los platillos ni se movieron, a pesar que tuvo la sensación de que tenían intención de hacerlo.

Teo no reaccionó en el primer instante. Tardó algunos instantes en comprender el alcance de la desgracia: Durante los últimos cinco años su vida había transcurrido dentro de la más absoluta y beatífica regularidad. Siempre encontraba el pijama debajo la almohada; le servían la misma marca de galletas para el desayuno; el gato continuaba vivo y juguetón, sin dar el menor signo de vejez o torpeza, incluso la bombilla del pasillo parpadeaba de la misma manera que lo había estado haciendo en todo ese tiempo sin que nadie, afortunadamente, se atreviera a cambiarla. Por eso cuando transcurridos unos angustiosos instantes comprendió que algo irreparable le había sucedido al monito, sintió como si un escalofrío le recorriera el cuerpo, es decir, ¡sintió miedo; miedo de la muerte, y eso que apenas si había cumplido los diez añitos!

Cuando se recuperó de la primera impresión no sabía qué hacer. La primera reacción fue llamar a su madre, pero no estaba; la segunda a la criada, pero no le pareció que Conchita estuviera en condiciones de comprender el alcance de la tragedia como podría hacerlo una madre; luego a la cocinera, pero decididamente no vio en el servicio a nadie que pudiera compartir tan angustiosa situación (le habían enseñado a menospreciarlos, la manera más sencilla de poner las cosas en su sitio y respetarse mutuamente de acuerdo a su categoría y posición social). Así es que se vio solo ante aquella inmensa tragedia para la que nadie le había enseñado a reaccionar. Llorar hubiera sido un disparate sin nadie que pudiera ser testigo. Enfurruñarse sería tanto como culpar al propio monito de su desgracia, pero él lo amaba, incluso roto. Despreocuparse hubiera sido una traición a su tambaleante infancia. Mientras su conciencia de niño se resquebrajaba estrepitosamente, sólo se le ocurrió empujarlo suavemente con la mano. «¡Debe ser pasajero!», intentó consolarse. Luego, en vista de que no reaccionaba, lo golpeó levemente. «Debe tener la cuerda atascada», se dijo cuando a penas si quedaba ya nada de su antigua ingenuidad infantil. Tuvo un primer ataque de furia adulta y por un momento estuvo a punto de dar por concluida su infancia estampando el monito contra la pared, pero, pese a ser consciente de su metamorfosis, decidió dejar parte de su huidiza infancia en algún lugar seguro de su nueva conciencia, ¡por si la volvía a necesitar algún día!

«Se ha roto, ¡y ya esta!», concluyó, poniendo punto y final a su angustia.

De esta manera tan simple concluyó su breve infancia, porque por primera vez tuvo que afrontar el solo y sin consuelo alguno una desgracia irreparable.

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